sábado, 11 de octubre de 2014

Campeones del Ajedrez

Cuando te preguntan, de botepronto, que elijas un tema respecto del cual hablar, es realmente difícil pensar en un tema que te interesa. Te vienen a la mente muchos temas importantes respecto de los cuales hablar, más sin embargo, no puedes seleccionar uno así nada más. En mi caso específico, al decidir crear un tema en mi blog me vino a la mente el cuestionamiento: ¿sobre qué puedo hablar? Luego pensé que el hablar sobre alguno de mis hobbies sería lo mejor, y por ello decidí hablar acerca de uno de ellos, que es el ajedrez. Y que mejor que hablar sobre algunos campeones mundiales de ajedrez, de cómo me relacioné con dicho tema, lo que sé acerca del tema, y cuáles son mis campeones favoritos.

Muy bien, aquí vamos. Aprendí ajedrez a los 5 años de edad. Aún no entraba a la educación primaria, y no podía descifrar ninguna letra del alfabeto, cuando ya podía jugar una partida completa y dar jaque mate. Mis dos hermanos mayores aprendieron ajedrez de uno de sus maestros de secundaria, y a su vez, llevaron el ajedrez a las recónditas montañas de la Sierra Norte Veracruzana -que es donde yo nací-, y enseñaron a sus hermanos menores, quiénes a su vez -una vez que emigramos a la populosa Ciudad de México-, lo transmitieron a sus hermanos menores -yo soy el noveno de diez hijos-, quienes pronto se volvieron diestros en este difícil juego-arte-deporte-ciencia. Recuerdo a mis 9 o 10 años, mientras la mayoría de mis colegas gustaban de jugar en la calle futbol, encantados, "chinche-al-agua", estar tomando clase de mis hermanos mayores respecto de algunos de los principales principios del juego: "teoría del ajedrez".

Con el tiempo, durante mi adolescencia, descubrí que se pueden jugar partidas cortas, de tiempo: "pimpones" les llaman los ajedrecistas. En tales partidas, tienes que mezclar la pericia y destreza en el juego, con la rapidez y la agilidad mental, y pasé tardes entrañables, enfrentando a mis hermanos, a mis primos, a mis amigos y contemporáneos de la escuela. Mis hermanos mayores llegaron a ganar torneos importantes en cuarta y tercera fuerza nacionales. En mi caso, nunca llegué a constituir parte de la élite nacional ajedrecista, y mis máximos logros, que aunque muy modestos, siempre me gustó pregonar con orgullo,  fueron llegar a ser 3er. lugar a nivel secundaria en el DF, subcampeón de la Prepa 4, subcampeón y campeón interino de la FES ACATLÁN, 4o. lugar nacional en unos juegos organizados por el Congreso del Trabajo y haber participado en un Torneo Interuniversitario Nacional, donde derroté al campeón de la Universidad Veracruzana. Triunfos modestos sí, pero muy merecidos.

Entre todo este ajetreo y mi contacto con el ajedrez, inicié mi contacto con la literatura en el ajedrez. Me vienen a la mente dos libros en torno a dicha materia: el primero de ellos, de un autor soviético, del que abrevé hasta la saciedad, para aprender las principales aperturas: "Viaje al reino del ajedrez" del ajedrecista soviético Averbach, y el segundo "Historia del campeonato mundial de ajedrez", del ajedrecista estadounidense Al Hoowitz. Aunque ambos son entrañables para mí, me parece que el segundo ha ejercido definitivamente mayor influencia en mi persona: a través de él comencé a conocer acerca de Paul Morphy, José Raúl Capablanca, Alexander Alhekine, Michael Botvinnik, Boris Spassky y Bobby Fischer.

El contacto, que con tan gratos personajes, comenzó a tener un niño que no estaba demasiado alienado con la TV, los videos y otros distractores de la atención, provocó que aquel párvulo empezara a imaginar a aquellos personajes como una especie de titanes o de superhéroes: definitivamente Capablanca debería de ser más poderoso que Superman; Morphy debería haber superado en sus tiempos a los más bravos y rápidos pistoleros del Medio Oeste americano; y Bobby Fischer debería estar a la par que Michael Jordan, cada un en su rama. Realmente adoré a dichos personajes; en el libro que comento, además de detalles de sus partidas y enfrentamientos, se narraban muchos aspectos de sus vidas, sus personas, sus circunstancias particulares, sus sentimientos, sus vicios, etc., etc. Realmente, puedo decirlo, me enamoré de dichos personajes.

Bajo la influencia de mis hermanos mayores, orgullosos estudiantes de la Universidad Autónoma Chapingo en aquel tiempo, y bolcheviques en su momento, me decanté por los integrantes de la Escuela Soviética de Ajedrez. Y así, de entrada, los jugadores rusos y soviéticos fueron mis favoritos. Por ello, Grigorich, poderoso jugador ruso de finales del SIglo XIX y varias veces aspirante al campeonato mundial, fue uno de mis favoritos. Alekhine, aunque bueno, no fue mucho de mi agrado en aquellos años, por tratarse de un "ruso blanco" y por ende, un ser deleznable y pernicioso. En el torneo organizado, si no mal recuerdo en 1946 para obtener el campeonato mundial, mi favorito fue Botvinnik, y recuerdo con añoranza, sus célebres enfrentamientos que sostuvo en la década de los 50s con Smyslov. Personajes parcos, grises, para la actualidad, pero que a mí me parecían titanes, y en realidad lo fueron en su tiempo. En el "encuentro del siglo" entre Fischer y Spassky, yo siempre apoyé a éste último, aunque finalmente ganara el primero, conocido en Occidente como el más popular ajedrecista de todos los tiempos, aunque yo tenga la convicción -aún ahora-, de que el más grande lo ha sido Kasparov, y aún Karpov -mi favorito-, me parece que sobrepasa a Fischer.

El problema era que el libro de Horowitz que refiero, fue escrito por un estadounidense a mediados de los 70s, cuando el fenómeno "Boby Fischer" estaba en su máximo apogeo. Siempre me surgió la inquietud de como había sido la transición del titán Fischer a Karpov y Kasparov, quiénes cuando yo aprendí a jugar ajedrez, eran el "non plus ultra" del ajedrez. Tal cuestión no la pude indagar sino muchos años después, cuando finalmente me enteré que Fischer se había negado a sostener un encuentro con Karpov -ambicioso y pujante joven ajedrecista surgido de la Escuela Soviética tras la devacle de Sapassky-, y por ende Karpov había sido declarado campeón mundial por default. Años después, Karpov fue derrotado por Kasparov, joven y ambicioso líder soviético, que apoyó con energía las reformas de Gorbachov en la Rusia Soviética, impulsando un cambio fundamental y estructural en dicho país, que culminó con la Rusia post-soviética de Yeltsin y de Putin. Para mí, Karpov era "la onda".

Después de Kasparov, creo que en cuestión de sentimientos personales acerca del campeonato mundial de ajedrez vino en mí el caos y la anarquía. Para mí, todo se pierde desde que la FIDE se divide, por iniciativa de Kasparov, y existen dos organizaciones diversas al mismo tiempo, que ven pasar a diversos ajedrecistas: Kramnik, Topalov, Anand. Kamsky y un largo etcétera. Al final, concluimos con el campeón noruego Carlsen Magnus, un jovencito, actualmente 14 años menor que yo, y quien es uno de los mayores genios de la historia, y quien finalmente, en este mundo de las computadoras, de la inteligencia artificial, de la comunicación digital, es campeón mundial de ajedrez: integrante de una generación posterior a la mía, que actualmente se apodera del campeonato mundial de ajedrez. Ello crea, indudablemente, reflexiones profundas y agudas acerca del devenir del tiempo, del curso de la historia y de las proyecciones hacia el futuro, que espero narrar en participaciones posteriores. En tanto, espero que lo narrado sirva a manera de introducción y prefacio en torno al tema.

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